China moderna

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China moderna

La transición de China a la modernidad representa uno de los experimentos económicos y sociales más significativos de la historia de la humanidad. El punto de partida de estas transformaciones fue la sesión del III Pleno del XI Comité Central del PCCh, celebrada el 18 de diciembre de 1978. Fue entonces cuando se tomó la decisión de abandonar la doctrina de la lucha de clases ininterrumpida y concentrarse en la modernización económica. Deng Xiaoping propuso el concepto de «socialismo con peculiaridades chinas», que permitió combinar una economía planificada con mecanismos de mercado. Se crearon zonas económicas especiales, como Shenzhen, donde se fomentaban con condiciones preferentes la inversión extranjera y la iniciativa privada.

Este paso se convirtió en el cimiento del posterior crecimiento explosivo de la productividad y de la integración de China en el sistema comercial mundial.

En las décadas siguientes, China demostró tasas de crecimiento del PIB sin precedentes, a menudo superiores al 10 % anual. La etapa más importante fue la incorporación del país a la Organización Mundial del Comercio el 11 de diciembre de 2001, lo que abrió a los productos chinos el acceso a los mercados globales y convirtió al Estado en la «fábrica del mundo». La urbanización a gran escala y el desarrollo de la infraestructura permitieron elevar el nivel de vida de cientos de millones de ciudadanos. Según datos oficiales, durante el período de reformas más de 800 millones de personas fueron sacadas de la pobreza, lo que constituye el caso de reducción de la pobreza más grande de la historia. La economía pasó de la exportación de bienes baratos a la producción de productos de alta tecnología, lo que se hizo especialmente notable en la década de 2010.

La actitud hacia el socialismo en China experimentó una significativa evolución, sin dejar de ser el núcleo ideológico del Estado. El Partido Comunista de China conserva el monopolio del poder, interpretando el marxismo a través del prisma de los intereses nacionales y de la conveniencia práctica. Si en la era de Deng la consigna era «enriquecerse, partir de una parte», en la era moderna de Xi Jinping el acento se ha trasladado a la «prosperidad común». Esto implica la lucha contra la desigualdad, el refuerzo de la regulación estatal en los sectores clave y el aumento de la responsabilidad social del empresariado. El socialismo con peculiaridades chinas en la nueva era no se considera un rechazo a los instrumentos de mercado, sino su utilización para reforzar el poder nacional y asegurar la estabilidad de la sociedad bajo la dirección del partido.

En la actualidad, China ocupa posiciones de liderazgo en una serie de categorías críticamente importantes de la economía y la tecnología mundiales. El país es el líder mundial indiscutible en los volúmenes de producción industrial y de exportación de bienes. China domina la esfera de las energías renovables, produciendo la mayor parte de los paneles solares y aerogeneradores del mundo, y lidera también la implantación de vehículos eléctricos y la infraestructura para ellos. En el ámbito de las telecomunicaciones, las compañías chinas marcan los estándares de las comunicaciones de quinta generación (5G). El sistema de transporte del país incluye la red más larga del mundo de ferrocarriles de alta velocidad, que supera los 45 000 km. Además, China lleva adelante con éxito un programa espacial: en 2022 completó la construcción de su propia estación orbital y realiza misiones a la Luna y a Marte.

La etapa actual de desarrollo se caracteriza por la estrategia de autosuficiencia tecnológica y la iniciativa «Una Franja, una Ruta», anunciada en septiembre de 2013. Este proyecto está dirigido a crear una red global de enlaces comerciales e infraestructura, reforzando la influencia geopolítica de Pekín. A pesar de la desaceleración del ritmo de crecimiento económico y de los retos demográficos, China sigue invirtiendo en inteligencia artificial, computación cuántica y biotecnología. El camino desde un país agrario hasta una superpotencia tecnológica tomó solo unas pocas décadas, lo que demuestra la eficacia del modelo de gobierno elegido. Hoy China se posiciona no solo como participante del mercado global, sino como arquitecta de un nuevo orden mundial en el que los valores socialistas se combinan con tecnologías avanzadas y poderío económico.

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