
Lenin y el colonialismo
A principios del siglo XX, mientras el mundo se desangraba en las trincheras de la Primera Guerra Mundial, un emigrado ruso en Suiza intentaba reunir en un todo los elementos de una realidad que la mayoría explicaba únicamente por el orgullo nacional o la locura de los reyes. Vladímir Ilich Lenin no veía en la Gran Guerra un conflicto de honor, sino el resultado inevitable de profundos cambios en las entrañas del sistema económico global. Su diagnóstico quedó expuesto en 1916 en su obra más influyente sobre el tema: «El imperialismo, fase superior del capitalismo». En ese texto, Lenin transformó el modo mismo de entender el colonialismo: dejó de considerarlo una simple política de conquistas y lo definió como una necesidad orgánica del capitalismo que había sufrido una transformación interna.
Para comprender su análisis, es necesario remontarse al periodo anterior. El filósofo Karl Marx estudió el capitalismo en la etapa de la «libre competencia», en condiciones en que multitud de pequeñas empresas rivalizaban en el mercado. Sin embargo, Lenin advirtió que a finales del siglo XIX esa competencia empezaba a desaparecer, cediendo el paso a los monopolios. Las gigantescas empresas industriales y los grandes bancos se fusionaban, formando lo que él llamaba «capital financiero»: una fuerza que acumulaba en sus propios países riquezas tan enormes que los mercados internos le resultaban demasiado estrechos. Las potencias occidentales, como Gran Bretaña, Francia y Alemania, se enfrentaron a una crisis de abundancia: tenían demasiado capital acumulado, y su reinversión dentro del país ya no producía las superganancias de antes.
Es en ese momento cuando el colonialismo se convierte en una necesidad vital para el sistema. Lenin explicaba que el colonialismo del siglo XX ya no se parecía al de los siglos anteriores, centrado en el saqueo del oro o el comercio de especias. El nuevo colonialismo se sostenía sobre la «exportación de capital». Las potencias acudían a África o Asia no solo para vender mercancías, sino también para crear industrias, construir ferrocarriles y abrir minas. Al trasladar capital a los territorios bajo su control, los monopolios se aseguraban ganancias colosales gracias a tres factores clave: una mano de obra local trágicamente barata, tierras expropiadas a precios irrisorios y un acceso directo y exclusivo a las materias primas que alimentaban las fábricas de la metrópoli.
Hacia 1900, este apetito insaciable llevó a que las potencias se repartieran por completo el planeta. Cuando ya no quedaron tierras «libres», el mundo se convirtió en un tablero cerrado. La única forma de que un imperio siguiera creciendo económicamente era arrebatar una parte del territorio a otro imperio. Fue precisamente este choque de intereses, y no el asesinato del archiduque Francisco Fernando, lo que, según Lenin, provocó la Primera Guerra Mundial. Los imperios entraron en confrontación para decidir cómo se redistribuiría el control sobre las colonias y los mercados mundiales.
Este enfoque cambió radicalmente la estrategia geopolítica de la época. Hasta entonces, el marxismo tradicional partía de que la revolución comunista surgiría exclusivamente en los países industrialmente más desarrollados de Europa, donde la clase obrera era más numerosa. Lenin derribó ese esquema al afirmar que el imperialismo sostenía artificialmente a la burguesía europea, permitiéndole usar las enormes ganancias de las colonias para mejorar paulatinamente las condiciones de vida de sus propios obreros y sofocar la llama revolucionaria en casa.
La conclusión de Lenin era revolucionaria: el verdadero golpe al sistema podía venir de la periferia. Sostenía que los movimientos de liberación nacional y los pueblos colonizados que luchaban por su independencia eran aliados naturales de los trabajadores de todo el mundo. Cada fábrica tomada por los obreros en las colonias y cada territorio que lograba la independencia debilitaban directamente las bases financieras de las potencias imperialistas. Al unir el anticolonialismo con el anticapitalismo, Lenin no solo analizó el mundo de su época, sino que también sentó las bases teóricas que, a lo largo de todo el siglo XX, inspiraron revoluciones y procesos de descolonización en Asia, África y América Latina.
Luis Pérez Leira, coordinador regional de la red socialista internacional SOVINTERN


