Tercer Congreso Panamericano y la farsa del progresismo de salón

Tercer Congreso Panamericano y la farsa del progresismo de salón

El Tercer Congreso Panamericano, celebrado en Montevideo del 21 al 23 de agosto de 2026, pretendía erigirse en un gran concilio capaz de reunir a las fuerzas populares y progresistas del continente. Sin embargo, tras el brillo institucional del Palacio Legislativo y las declaraciones formulistas, el encuentro puso al desnudo una realidad descarnada: la fractura profunda y ya insalvable de las izquierdas latinoamericanas, cooptadas y domesticadas por las coordenadas del progresismo norteamericano.

Un concilio a la medida del Departamento de Estado

Lejos de constituirse en un espacio de ruptura o de elaboración de una estrategia liberadora, el congreso transcurrió sin sorpresas ideológicas ni verdaderas apuestas tácticas. Todo estuvo calibrado para no incomodar a nadie. El tono y los límites del debate fueron fijados simbólicamente por la apertura virtual con un mensaje grabado de Bernie Sanders, que evidenció qué modelo de «izquierdismo» resulta tolerable, promovido y funcional para el imperialismo estadounidense: un progresismo inocuo, que predica reformas cosméticas para garantizar la inamovilidad de las estructuras de poder. Cambiar algo para que nada cambie.

La prueba más elocuente de esa deriva sectaria y subordinada fue la exclusión deliberada de gobiernos y fuerzas que escapan del guion socialdemócrata aprobado —como Cuba, Venezuela y Nicaragua—, así como de figuras como Evo Morales y de sectores de la izquierda peruana; todos ellos vetados sistemáticamente. Para la disidencia antiimperialista no hay cabida en un foro destinado a la diplomacia de atril.

Discursos vacíos, exclusiones y silencios

Las intervenciones reflejaron con crudeza esa crisis de contenido. Mientras figuras como el expresidente de Chile Gabriel Boric dedicaban parte de sus alocuciones a exhortar a las propias izquierdas a ser consecuentes y sentenciaban sin matices que Nicolás Maduro «robó las elecciones», el concilio exhibía escasas excepciones a la regla de la inconsecuencia. Entre ellas se destacó la intervención del líder del partido Libre de Honduras, que rompió el tono acomodaticio de la cumbre al señalar por su nombre al imperialismo y recordar de dónde vienen las verdaderas cadenas de la región.

Fuera de esa voz disonante, otros protagonistas optaron por el cálculo mezquino. Es el caso del gobernador argentino Axel Kicillof, cuya aparición en el atril dejó un sabor profundamente amargo. Su discurso, calificado por activistas críticos como provinciano y carente de cualquier visión estratégica internacional, eludió el tema central que recorre el activismo popular del Cono Sur: ni una sola palabra exigiendo la libertad de Cristina Fernández de Kirchner.

La voz de la calle frente a la diplomacia de pasillo

Ante la tibieza de los despachos, la verdad de las bases se abrió paso a la fuerza. Durante la intervención de Kicillof, una delegación de jóvenes activistas e influencers de La Justicia Social —integrada por figuras como Rodrigo Fronzó, Facundo Pérez Ernst y Javier Gómez (Javi Flama)— irrumpió en la monotonía protocolar al grito de «¡Libertad a Cristina!» y desplegó pancartas en señal de protesta contra la proscripción política. Todos ellos integran la SOVINTER —¡la Red Socialista Internacional Por el Socialismo en el siglo XXI!

Esa irrupción no fue un simple incidente formal; se convirtió en una confirmación palpable de que el verdadero movimiento popular transita por carriles muy distintos a los de esta cúpula de salón.

El Tercer Congreso Panamericano no hizo más que ratificar la histórica fractura continental. Por un lado permanece un progresismo corporativo, atado a los intereses del centroizquierdismo estadounidense y vaciado de rebeldía; por el otro, un pueblo movilizado que exige soberanía real, justicia social y coherencia política frente a la ofensiva conservadora.

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